Preludio de un naufragio.
He caminado por los caminos de cáscaras de frutas, en piedras manchadas por el polvo. He caminado y he tratado de encontrar alguna sensación extraordinaria y he fallado. He tratado de mirarte sin tratar de hacerme parte de tu cuerpo y he fracasado. ¿Qué me queda entonces? Me queda abrir el pecho, y mostrar lo que soy al resto.
Tu voz llegó ese día, rodeado de alientos alcohólicos, con miradas profundas, con palabras de ritual, tras los cristales bohemios del aliento de las burguesías indistintas. Las palabras que dices hacen que mis entrañas se muevan al ritmo del viento circular de mi coxis. Entonces ya no estás, y todo está oscuro.
Como el niño que dibujaba tigres, te miraba desde lejos, desde otras ciudades esperando que, desde tus horizontes asiáticos, llegues en barco a mi vida.
He vivido y me he sumergido en esos océanos verdes. El moho de los edificios bajo cielos de fuego han contraído mis labios y a veces me es imposible gritar. Al verte he cerrado la boca esperando un orgasmo mudo, esperando flotar en esas ondas aéreas que perforan el aire que separa nuestros cuerpos. No me importa el silencio que expulsa mi esófago, no me importa el temblor de las manos, ni la sangre que empieza a correr lento, lentito.
He tratado de separar los cuerpos de sus almas, los hígados de la carne, las mentes de la vida, los estremecimientos y los estornudos. He fracasado. Las llanuras se tornan cada vez más circulares y me es difícil llegar hacia tus mundos.
Vivo en este pequeño barco que te abarca y te mece en las noches de lunas sonrientes para sonar a injertos de sol sobre el cereal. Así de dorados y hermosos éramos entonces. Como pequeñas flores que exponen su sexo al sol, sin pudor y sin transpirar de la fatiga. Esta paz se comunica sonriente y brillante sobre los iris estorninos de nuestras cabezas.
-El barco quiere hacerlo su capitán-, digo. “Te cederé mi antro, pendejo”, admito con mi labio inferior temblando. Entonces el estremecimiento se vuelve añejo y cura las sensaciones erróneas de mi cuerpo. Te admiro y veo una sonrisa cobijada en la almohada.
He sentido que ya no puedo más. He chillado en callejones obtusos y los intrusos de las piedras han susurrado lamentos de cielo. Sólo he esperado tu llegada, y ahora que estás aquí no sé si realemente quiero reflejarme en tus espejos.
He llorado, he gemido y he suplicado a mis dioses que puedan penetrar mi ser en un foso sin calma. Quiero sucumbir los mares del valle y transformar los colores más lindos de las cuevas de Saturno. Sólo que el holograma de tu cuerpo se desvanece con el paseo circular del reloj.
Debo seguir contigo- me digo y vuelvo a caer. El suelo es tibio y me aguardan los insectos de los pies y las piernas.
El naufragio se avecina. Estos nuestros naufragios nos provocan escozor en el estómago, estos nuestros abismos contienen lo lejano de los cuerpos.
Esta es una noche de bienvenida a la luna. ¿No ves que está brillando ahí? Parece un gran faro que guía a este barco bikini que se acerca a las rocas puntiagudas de las montañas. Debemos llegar y aferrarnos a la luz.
Hemos olvidado que vivimos en la oscuridad. Hemos huído del sol, hemos evitado mirarnos tantas veces. Hemos tratado de ignorar el brillo del día, hemos tratado de borrarle sonrisas al cielo. Estamos dentro de este mar intranquilo que nos llama como sirenas ardientes a encontrarnos en sus entrañas.
Hemos tratado de naufragar para llenarnos los oídos de perfume. Creo que los días de gloria están fuera de nuestro presupuesto. Habrá que esperar a que las estrellas de mar conformen un nuevo cielo, un nuevo azul en este nuestro barco sin cerco.
─Señor capitán-, le digo, -creo que lo amo. Respira, respira: sangra.
Hemos tratado de mitigar el crujido del barco con nuestros besos. Hemos tratado de flotar y agitar nuestras extremidades como pulpos sin dientes. Hemos tratado de volar juntos y no podemos soportar el peso.
-Señor capitán, estamos condenados a morir-.
-Pase usted-.
-Después de usté-.
Ayer éramos mariposas blancas.